¿Qué es la filosofía?
de Gilles Deleuze y Félix Guattari
Dr. Sergio Espinosa Proa (UAZ)
Círculo de Estudios Vitalistas
DEL ÁGORA AL MERCADO
Preguntar
por el qué de la filosofía no permite ingenuidades: es una cuestión a la que
solamente podría hacerle justicia una persona -o dos- ya entrada en años.
Sobreviene a medianoche, como última o penúltima interrogante (Gilles Deleuze,
Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía?, Anagrama, Barcelona, 1993, p. 7). En
otras palabras: se pregunta por lo que se ha venido haciendo toda la vida, no
por aquello a lo que alguien podría -o no- dedicarse. Es posible hacer
filosofía de jóvenes, pero saber qué se ha hecho acaece, naturalmente, sólo con
la edad. Tiene mucho, todo que ver con la sobriedad. Es significativo que
Deleuze y Guattari mencionen, en la primera página, a tres pintores -Tiziano,
Turner, Monet- como ejemplos de madurez filosófica. Estaban viejos -en ese
estado de gracia, soberano, situado entre la vida y la muerte- cuando pensaron
lúcidamente en aquello en que toda su vida habían estado trabajando.
También
hablan de Chateaubriand, como ejemplo literario, y de Ivens, como caso
ilustrativo de los cineastas. En el terreno específicamente filosófico,
imposible sería no pensar en la Crítica del Juicio (1790), publicada por un
Kant casi septuagenario. En ella, "todas las facultades de la mente
superan sus límites" (p. 8), límites que el mismo Kant se esforzó en
determinar. En 1991, Deleuze tiene sesenta y seis años y Guattari sesenta y
uno; a éste le resta un año de vida y a aquél cuatro. Así que no se demoran
inútilmente en decir lo que tienen que decir: la filosofía es el arte de
formar, de inventar, de fabricar conceptos. Arte, no ciencia. Creación, no
descripción. Y fabricar conceptos nunca puede hacerse en abstracto; se trata de
una actividad que convoca momentos, ocasiones, circunstancias, paisajes,
personalidades e incógnitas.
El
pensamiento filosófico ocurre más que discurre; está vivo. No coincide con la
sabiduría, que muchas culturas poseen; no, la filosofía concierne a una
proximidad y a una pretensión perpetua. La define, desde Grecia, una amistad
por el saber, no una posesión formal. La diferencia no se reduce a una cuestión
de grados, porque, mientras que los sabios piensan mediante Figuras, los
filósofos se sirven de Conceptos. El Concepto, según nuestros autores,
corresponde a la Amistad, al tiempo que la Figura se vincula con la Posesión.
Pero una amistad, ésta, que no liga únicamente a dos sujetos, sino al sujeto
con la Verdad. Ella aparecerá como una suerte de Objetividad o Entidad o
Esencia independiente. "El filósofo es un especialista en conceptos, y, a
falta de conceptos, sabe cuáles son inviables, arbitrarios o inconsistentes,
cuáles no resisten ni un momento, y cuáles por el contrario están bien
concebidos y ponen de manifiesto una creación incluso perturbadora o
peligrosa" (p. 9). Esta frase resuena, en sí misma, suficientemente
perturbadora. ¿Cómo sabe, de qué manera llega a concebir el filósofo si un
concepto resulta inviable o inconsistente? Jugando con ellos, afinándolos,
rechazándolos, manipulándolos, familiarizándose pacientemente con sus fuerzas y
modos. Con el concepto, por lo demás, el filósofo establece un nexo imantado
por el deseo. Si la Verdad es pretendida por muchos, entre los amigos surgirá
por fuerza una rivalidad.
La
filosofía se tiñe entonces de elementos agonales. Existe una Verdad, pero nadie
la tiene -ni la puede sostener- en exclusividad. ¡Decisiva diferencia con la
Sabiduría! El filósofo traza el surco y abona una relación de amistad con la
Verdad, y a ella ha de atenerse. Nunca podría arrogarse títulos de propiedad:
jamás podría llegar a ser su Dueño y Señor; empeñarse en ello se antojará
completamente estéril y contraproducente. ¿Por qué este principio de tacto y
continencia? ¿De dónde procede? De la cosa misma, no del sujeto. Advertimos que
la filosofía, en su historia, se ha contaminado con venenos diversos. En este
punto, la presencia de Maurice Blanchot, invocada por Deleuze y Guattari,
resulta imprescindible; repensar la filosofía en términos de Amistad modifica
por completo el paisaje. El cansancio, cierto desamparo y la desconfianza
impulsan al pensamiento en direcciones inéditas. Con Blanchot, la filosofía,
sin dejar de acusar su origen helénico, va a ampliar su horizonte.
"El
filósofo es el amigo del concepto, está en poder del concepto" (p. 11).
Ojo aquí: no posee el concepto; al contrario, es poseído por él. La filosofía
no es un almacén, no se parece en nada a una tienda; se trata de una factoría
donde los conceptos son creados. Ellos siempre son nuevos. La filosofía
comparte con el arte, y también con las ciencias, una excepcional potencia de
creación; pero su especificidad consiste en crear Conceptos. Éstos no existen
como las Ideas, ni como los astros; no están esperando que algún adelantado los
descubra. Es menester inventarlos. Antes de la filosofía, carecíamos de
Conceptos; había otras maneras de entender e intervenir en el mundo. Ubicados
en semejante atalaya, lo escrito por Platón se aproxima más a la Sabiduría que
a la Filosofía. De aquélla se puede esperar que se transforme en lo que
precisamente la filosofía no es: ni contemplación, ni reflexión, ni
comunicación.
Los
Conceptos no se contemplan, porque no existen antes de ser generados. No se
reflexionan, pues lo que se crea en otros ámbitos -las matemáticas o la música,
por caso- no tiene que esperar la llegada de la filosofía: cada disciplina
alberga su propia reflexión. Finalmente, los Conceptos ni siquiera son
comunicados, o no esencialmente; no persiguen consensos ni acuerdos
democráticos (a pesar de que la Democracia es, sin duda, un invento
genuinamente filosófico). Contemplar, reflexionar, comunicar: gestos que no
sirven para crear Conceptos, sino para producir Universales, que ya persiguen
algo muy diferente. Aquí la distancia entre ambos llega a ser formidable. Un
Concepto no tiene pretensión alguna de universalidad. Lo que hace es, en todo
caso, construir Singularidades. ¿Qué significa eso? Que por fuerza se habla de
perspectivas, escenarios, territorios, tinglados. Sustancia, Cogito, Mónada,
Condición, Potencia, Tiempo... De Aristóteles a Bergson, estos nombres hacen
referencia a personajes, no a simples rubros o a etiquetas huecas. Palabras
ordinarias dotadas de extrañas resonancias, palabras extraordinarias empleadas
en contextos normales. Para crear un Concepto se requiere gusto, un gusto
propiamente filosófico; y, en primer lugar, parece fundamental abandonar toda
infatuación: existen distintas modalidades del pensamiento, y la filosofía no
detenta sobre él ningún monopolio. Por lo demás, ella no emerge en cualesquier
lugar y tiempo; pertenece íntimamente a la estructura de la Pólis, no a los
Imperios ni a los Estados. Una vez más: la estructura agonal -la rivalidad, la
competencia, el juego, la lucha- le es inherente. Desde su nacimiento, se ha
enfrentado a un conjunto heteróclito de pretendientes.
Al día
de hoy, incluso la Mercadotecnia le disputa la tarea. Un Concepto es, en sus
manos, un Producto; un Acontecimiento, la exhibición de una narrativa. No
importa demasiado; la filosofía nunca cae del cielo. Por insolentes o
impresentables que sean sus rivales, no prospera si no es en la sequedad de
semejantes climas. Los Conceptos de la filosofía en absoluto son mercancías,
sino aerolitos. Con todo, es posible y hasta necesario reconstruir el
movimiento fatal que ha llevado a confundirla con la Publicidad; después de
Kant, merced al Idealismo alemán, se incurrió en la desgracia de identificar,
de nuevo, al Concepto con el Universal. Nada más heterogéneo y deletéreo. Se ha
transitado de la Enciclopedia a la Academia Comercial, pasando por la
Pedagogía. Devastador.
EL MONTAJE FILOSÓFICO
Nunca
ha estado hecha de una sola pieza: la filosofía quiere ser -y tiene que ser,
aunque ella no lo sepa- una composición, una articulación, una máquina.
Ensambla conceptos, planos, personajes, horizontes. Significa, sin duda, un
modo de introducir orden en el caos, pero, a diferencia de otras estrategias,
como la ciencia o la lógica, mantiene con él un vínculo de proximidad y,
preeminentemente -lo que en verdad modifica todo- de amistad. Diríase incluso
de complicidad, si no se hiciera referencia con ello a un vocablo tan gastado.
¿Qué la distingue entonces del mito, de la epopeya, de la tragedia, de la
novela, del poema, de la sinfonía, del montaje cinematográfico? ¿Le creemos lo
que ella acostumbra afirmar y rechazar de sí misma? Vayamos con calma. Se da un
punto de partida, un comienzo, que concretamente es un problema. El problema yo
lo tengo, puedo tenerlo, pero también puede ser anónimo, problema de nadie.
Contemplemos El Grito, de Edvard Munch; ahí hay un problema. No tenemos idea de
quién es ese hombre, ni de qué cosa lo ha conducido a esa expresión de terror
sin nombre y sin objeto. Pero, viéndolo, hace posible que alguien haya
experimentado ese pánico, y que, a no dudarlo, haya sido por algo. El trabajo
filosófico se complica -pero también se simplifica- cuando, soberanamente,
rehúsa ajustarse a las indicaciones e instrucciones de Platón. "El
concepto expresa el acontecimiento, no la esencia o la cosa" (¿Qué es la
filosofía?, p. 26). ¿Cuándo deja de ser platónica la filosofía? No dejará de
llamar nuestra atención que el primer ejemplo ofrecido por esta abigarrada,
pero a la vez sobria, geofilosofía, sea el concepto de Otro (articulado con el
Rostro). Sujeto y objeto sólo se materializan como extremos -no poco
caprichosos- de la madeja. Pues se habrá observado que aquí se trata ante todo
de captar a la filosofía in fraganti, prescindiendo deliberadamente de
definiciones lógico-normativas. La filosofía es un modo de hacer, no un sistema
ni una disciplina. Lejos de toda abstracción hueca. Cerca del arte, porque se
empeña en inventar esos inquietos y fluctuantes artefactos llamados conceptos.
Próxima a la fenomenología, en tanto que proporciona descripciones de su modo
de existencia.
La
filosofía viene siendo una manifestación de la Voluntad de Poder: ni una
contemplación de esencias, ni una reflexión especulativa, ni una comunicación
de los pensamientos. Completamente fuera o al margen de la Dialéctica -o la
danza- de un Sujeto con su Objeto. Decididamente de espaldas a la Teología. La
palabra clave, en cualquier caso, como se ha adelantado, es Amistad; menos con
el saber que con la Vida. Al principio, no resulta sencillo imaginar un
concepto vivo; pero no parece imposible. "En el suceso originario de la
formación del concepto (...) se produce a la vez la autorrealización con
sentido del individuo, que en el acto de la formación del concepto une entre
sí, en una libre actividad propia, la apropiación del mundo y la generación del
mismo, es decir, une el sentido (contenido objetivo del concepto) y el ser
(realización subjetiva del concepto) para lograr la unidad del
conocimiento" (Roland Benedikter, Enciclopedia de obras de filosofía,
Herder, Barcelona, 2005, p. 527).
Los
conceptos no son representaciones, ni copias, ni reflejos, ni instantáneas de
una realidad preexistente. Perfilan o delinean un acontecimiento futuro, nunca
existente de antemano. En tal sentido, un concepto sería tan real como los
acontecimientos que suscita. Pensar no es retratar, ni siquiera relatar: alude
a una realidad sui generis -no actual- que, a su turno, engendra realidad. Se
puede adivinar la retorsión o enfado que semejante gesto provocará
automáticamente en la institución. Bien visto, no presenta, sin embargo,
dificultades insuperables; no a la inteligencia, y menos aún a la sensibilidad
o a la imaginación.
Pero
no deja de ser interesante que provoque tanto repudio, sobre todo entre los
filósofos más rígidos y obtusos (los científicos se cuecen aparte: recuérdese a
Sokal y Bricmont). Declarar que la filosofía no constituye, fundamentalmente,
un discurso, ya es bastante provocación. Que no es lógica -que no enlaza
proposiciones- cala todavía más. Es que el concepto en el que están pensando
Deleuze y Guattari tiene menos de proposicional que de musical: semejan
tímpanos o pabellones. Resuenan, vibran con los cuerpos. Producen efectos
similares a los armónicos generados por un instrumento de cuerda. En esto, por
lo demás, se distinguen nítidamente de las piezas de un rompecabezas: no
encajan unos con otros debido a que nunca hay un Todo en acto o en virtud del que
sean fragmentos. En una palabra: están (como) vivos. "No resulta
equivocado al respecto considerar que la filosofía está en estado de perpetua
digresión o digresividad" (¿Qué es filosofía?, p. 29). Uno muy bien puede
imaginarse -y hasta justificar- el gesto de desesperación de los lógicos o de
los filósofos normales. De poco servirá aducir ejemplos. Pero el primero de
ellos en ser elegido será nada menos que el Cogito -el Yo- cartesiano. Querer
saber si es verdadero o falso, correcto o incorrecto, sale sobrando, carece de
pertinencia; las pregunta serían: ¿funciona o no? ¿permite hacer algunas cosas?
¿cómo actúa? Responder ya no depende de Descartes, porque un concepto está
maduro o no, se engancha formando una red -o no. Primero, pues: no es un
capricho dejado al arbitrio del filósofo. Segundo: se encuentra articulado:
dudar, pensar, ser. Completo, dice: Yo, que dudo, pienso y soy; soy una cosa
pensante. Tres verbos: dudar, pensar, ser. Con sus respectivas fases o modos
(ojos: no son especies de un género).
El
Cogito enlaza con Dios, concepto que a su vez se halla triplemente articulado.
Antes no existía este preciso concepto porque no se había hecho necesario; con
Descartes ha aparecido y hecho irrupción un problema nuevo: ¿Cómo lograr que la
verdad consista en una certidumbre subjetiva absolutamente pura? Así, la
afirmación de que un concepto no tiene referente encuentra confirmación:
"Un concepto siempre tiene la verdad que le corresponde en función de las
condiciones de su creación" (p. 32). Es todo un tinglado: trazar un plano,
formular un problema, crear un concepto. ¿Para qué? Todo deviene. Planos,
problemas, conceptos. No hay verdaderos o falsos; hay mejores o peores.
Continuando con su metáfora auditiva, Deleuze y Guattari aseguran que un
concepto sólo es mejor que otro cuando "permite escuchar variaciones
nuevas y resonancias desconocidas" (p. 33). Cuando favorecen la aparición
de un Acontecimiento capaz de sobrevolarnos. Otra metáfora recurrente: elevarse
por encima de nosotros. No repetimos aquello que dijeron los grandes filósofos:
volvemos a hacer lo que hicieron para fabricar, con su inspiración, nuestros
propios conceptos.
El
filósofo no es un discutidor, sino un jugador. Discutir es como ir en persona
por el balón cuando el contrincante, que nunca juega el mismo juego, no sólo no
lo anida en la portería, sino que lo vuela del Estadio. Todas las Éticas del
discurso y las Teorías de la acción comunicativa -todas las hermenéuticas, por
muy críticas que sean- tienen, por lo mismo, y sin escape, algo de clerical.
"Quienes critican sin crear, quienes se limitan a defender lo que se ha
desvanecido sin saber devolverle las fuerzas para que resucite, constituyen la
auténtica plaga de la filosofía" (p. 34). Nada tan alejado de la verdadera
actividad filosófica. Si el diálogo conserva algún sentido, lo hace para
construir con él un concepto, nunca para llegar a acuerdos que son más bien
frutos del cansancio. No es cuestión de interpretar, ni de dialogar, ni de
saber muchas cosas, ni siquiera de aplicar un método probado de descubrimiento.
Filosofar es inventar, e inventar es vivir.
SOBRIEDAD DEL PENSAMIENTO
A
menudo, Platón hace exactamente lo contrario de lo que dice hacer. Bueno: es
Platón; inútil será quejarse. Crea conceptos, pero asegura que los descubre a
partir de algo ya hecho. ¿Quién los hizo (él les llama "Ideas")? Yo,
no. Ningún Yo (ni Dios). Descartes no podría, ni soñando, alumbrar, en tales
condiciones, a su Cogito. ¿Por qué? No por falta de inteligencia, ni siquiera
por ausencia de audacia. El Cogito es impensable en un suelo griego. En él no
hay espacio para un Dios Todopoderoso, y menos todavía para un Dios que,
encima, se compadece de los humanos y envía a su Hijo a salvarlos. Algo
terrible, traumático, implosivo, ha debido suceder para que semejante torsión y
retorsión tenga verificativo; para que, sencillamente, algo así sea imaginable,
o mínimamente pensable. No, hay Ideas porque sencillamente no existe -ni puede
existir- nada de eso. Se requiere algo más, que ya no dependerá de la
filosofía: que el sujeto se sienta seguro.
Demasiado
dueño de sí, acaso. Faltan innumerables condiciones. Platón, para no ir más
lejos, escribe el Parménides sin recurrir en absoluto al Cogito, creando el
concepto de Uno: con él intenta pensar, nada menos, la unidad o ensambladura
del Ser con el No-ser. "Y es que, en el plano platónico, la verdad se
plantea como algo presupuesto, ya presente. Así es la Idea" (¿Qué es la
filosofía?, p. 35). Nadie la inventa: la Idea está ahí desde y para siempre. A
diferencia de las cosas, que son-y-no-son, las Ideas son sólo y exclusivamente
aquello-que-son. ¿Cómo podrían relacionarse unas con otras? Las cosas sólo
pueden pretender ser Ideas, pero no lo son. El único vínculo posible entre
ambas es la participación; por eso no hay cabida para el Cogito, que capta de
inmediato -sin la cesura del tiempo- lo que es. "Será necesario que la
pretensión cambie de naturaleza: el pretendiente deja de recibir a la hija de
las manos de un padre para no debérsela más que a sus propias hazañas
caballerescas... a su propio método" (Ibídem).
El
Cogito, un Caballero Andante. Lo importante es que, en filosofía, un concepto
no progresa, no evoluciona, no crece; ha de desaparecer, desvanecerse para
cederle su sitio a otro. Si se le añade algo, un concepto puede estallar o
mutar. Es justo lo que ocurre cuando Kant introduce el Tiempo entre un Yo:
Pienso indeterminado y un Yo (es) Otro -que anuncia a Rimbaud. Ahora bien, Kant
no precisamente corrige a Descartes: levanta otro plano y formula otro problema
que el Cogito cartesiano no puede resolver. No fue creado por Descartes para
eso. Él tuvo que expulsar el tiempo para despedirse de Platón, pero Kant lo
debe reintroducir para pensar un Yo menos acartonado, más fluido. "El
concepto es el perímetro, la configuración, la constelación de un acontecimiento
futuro" (p. 37).
El
concepto no dice lo que es, sino lo que va a aparecer a partir de entonces. En
esa antelación se distingue claramente del proceder de la ciencia, que sólo se
puede ocupar de aquello que es. También se deslinda de la vivencia, que
solamente se agregaría -de manera compensatoria- a la ciencia. Crear conceptos
es una acción o una actuación que alcanza aquí una altura casi sobrenatural,
casi trascendental (el "casi" es esencial). Este sería el sentido de
la palabra sobrevolar: se trata de nominar su actividad -su radioactividad-
propia, que se separa de la actitud necesariamente pasiva o, mejor, reactiva,
de la ciencia (dejando respetuosamente de lado cualquier uso peyorativo del
adjetivo). Ella, como se verá, no se ocupa de conceptos, sino de funciones e invariancias.
Se entiende por qué esta noción de Concepto apunta por fuerza a un Plano de
Inmanencia -un Todo curvado y fragmentado- para que se halle en situación de
operar. No es posible avanzar un milímetro sin servirse de metáforas: dados,
mesas, olas, ecos, islas, archipiélagos, desiertos, arenas movedizas, tribus,
pueblos, esqueletos, cráneos... Vista así, la filosofía no podría no ser
emocionante. Somos seres lentos que juegan con velocidades infinitas.
"Los
conceptos son acontecimientos, pero el plano es el horizonte de los
acontecimientos, el depósito o la reserva de los acontecimientos puramente
conceptuales" (p. 40). Los conceptos son dados que se lanzan a la mesa,
misma que Deleuze & Guattari cualifican como la imagen del pensamiento,
distinguiéndola de métodos, opiniones o estados de conocimiento. Es que no hay
que confundir el Plano de Inmanencia con los Conceptos que lo ocupan. ¿Qué
pasaría si lo hacemos? El Plano de Inmanencia no es conceptual: es
prefilosófico, intuitivo. Tratarlo como si fuera un Concepto produce un
logicismo omnidevorante, como, posiblemente, el de Hegel. La separación entre
ambos es diáfana en Descartes, Platón, Kant e inclusive en Heidegger -pero no
se ha dicho aún una palabra respecto a Hegel. "Prefilosófico no significa
nada que preexista, sino algo que no existe allende la filosofía, aunque ésta
lo suponga. Son sus condiciones internas. Tal vez lo no filosófico esté más en
el meollo de la filosofía que la propia filosofía, y significa que la filosofía
no puede contentarse con ser comprendida únicamente de un modo filosófico o
conceptual, sino que se dirige también a los no filósofos en su esencia"
(p. 45). Un ejemplo: el Uno-Todo. François Laruelle y Étienne Souriau son
mencionados en este recodo: ellos han escrito admirablemente sobre la
instauración no filosófica de la filosofía. El Plano de Inmanencia es la
Tierra, que será poblada por los Conceptos. En cuanto tal, remite a un área
peligrosa. No existe filosofía sin esa zona no filosófica que se relaciona con
el sueño, con la enfermedad, con la embriaguez, con el exceso. Georges Bataille
la alineaba con la experiencia de lo Sagrado. "Pensar es siempre seguir
una línea de brujería" (p. 46).
Esta
frase resulta naturalmente impactante. La concepción escolar o convencional de
la filosofía experimenta una violenta sacudida, y es al menos dudoso que
obedezca a una banalidad como el pensamiento sesenta y ocho. Quienes lo han
dicho acusan obvio resentimiento e inocultable envidia. Pero bueno, allá ellos.
La idea de que pensar nos vuelve otros -ni mejores, ni peores, ni siquiera más
humanos- no parece ser del agrado de todos. Otra sentencia de la misma página
nos relanza: "El problema de la filosofía consiste en adquirir una
consistencia sin perder lo infinito en el que el pensamiento se sumerge".
¡Semejan mantras! En realidad, son
observaciones fundamentalmente sobrias; en ese rizo o en esa curva la filosofía
se despide de la ciencia. Pero es verdad que no a cualquier lector esto le va a
gustar o a quedar claro. ¡Menos aún si estudia filosofía! Los prejuicios, en
tal caso, se arraciman. Ocurre con su conversión en profesión algo realmente
inicuo: es cooptada por la Religión, que no puede dar un paso sin recurrir a un
ámbito Trascendente: a saber, la condición para ejercer el despotismo de un
individuo o un grupo que, henchido de entusiasmo, con temor y temblor, pero
también con enorme diligencia, se pretende en contacto directo con los dioses.
Los filósofos no son Sabios, sino amigos del Saber. Y saber es saber preguntar,
no responder a cualquier interrogante que se formule, por más urgente que se
presente. "Únicamente los amigos pueden tender un plano de inmanencia como
un suelo que se hurta a los ídolos" (p. 48). Esto suena nietzscheano y
spinozista a tope. ¡Signifcativo que a la filosofía normal -es decir,
cristiana- se les atragante! En breve: asistimos, extasiados, a la metamorfosis
de la genealogía en geología. ¿Estamos todavía dispuestos a sumergirnos en esos
mares?
Dr. Sergio Espinosa Proa (UAZ)
Círculo de Estudios Vitalistas
Miércoles 31 de enero del 2024
